El obispo es un hombre que ora y que llora;
es un hombre expuesto siempre a la tentación del desaliento.
Es un hombre que debe enfrentarse al mal,
sin contar con los recursos necesarios para destruir ese mal…
Ese es el secreto del obispo:
un hombre tentado por el pesimismo.
Responsable de su salvación propia y ajena.
Un hombre que debe dar cuenta a Dios de su propia alma
y del alma de sus feligreses…
Al obispo, vencido por el pesimismo,
le quedarían dos caminos:
presentar su renuncia a la Santa Sede
o cruzarse de brazos ante la magnitud del problema. Pero como ninguno de esos dos caminos es aconsejable,
el obispo debe recurrir al único que puede resolverlo todo, a Dios.
El obispo debe ser un hombre de oración.
Mons. Sanabria